Introducción: generalidades del Impresionismo

El impresionismo es un movimiento pictórico de transición entre lo que se viene a denominar pintura tradicional y la pintura contemporánea.

Desde un punto de vista de la historia del Arte, es la última oportunidad del arte clásico. El impresionismo mantendrá las convenciones fundamentales del sistema renacentista, es decir, la perspectiva y la figuración. Su carácter novedoso no es otro que su capacidad para crear las condiciones precisas para que posibiliten la ruptura con la pintura tradicional.

 

 Desde el punto de vista plástico, los impresionistas trataron de ser realistas en la línea de Courbet, es decir, al modo tradicional. Sin embargo, este afán por trasladar el lienzo de forma minuciosa la realidad, la sensación, sin pasarla por el tamiz cerebral condujo a una cierta forma de abstracción. Esta actitud constituye cierta forma de espontaneidad inconsciente que será típica de muchos movimientos del XX, como el futurismo.

 

Para comprender la esencia  del impresionismo, conviene aclarar dos aspectos:

Ÿ         No es ni un estilo ni tampoco un periodo histórico concreto, al igual que el Barroco o el Romanticismo. Sólo es un movimiento pictórico que convive en un ámbito global muy amplio (el de la segunda mitad del XIX) del que comparte elementos propios de su estética, al tiempo que se relaciona con otros movimientos que le son coetáneos.

Ÿ         Se trata de un movimiento esencialmente pictórico, con independencia de que su estética haya podido impregnar otras manifestaciones artísticas como la escultura (Rodín), la literatura (Proust) e incluso la música (Debussy).

  

¿Cómo surge el impresionismo?

Con los descubrimientos que hace la física sobre la naturaleza de la luz, por la segunda mitad del siglo XIX, despierta en los pintores un interés más vivo sobre los fenómenos luminosos y su aplicación a la pintura.

La luz es el vehículo necesario de toda impresión visual, por lo que es lógico que constituya la primera y principal preocupación del pintor. Es la luz solar la que, cayendo con mayor o menor inclinación, con intensidad distinta, directa o reflejada, sobre las cosas, engendra la ilusión del color y de la línea, que es inherente al fenómeno de diferenciación de los colores. De manera que lo que nosotros vemos, en rigor, no son los objetos sino las manchas coloreadas (atmósfera, luz) que las envuelven y que es lo que hay que pintar, pues es lo cierto que, a pesar del carácter irreal de la impresión, para el pintor tiene el mismo valor que la realidad objetiva.

Como resultado de esta teoría, la técnica pictórica sufrió una profunda transformación. Puesto que la retina viene a ser el laboratorio donde los colores, que llegan separados, se unen y combinan según leyes de simpatía para dar la sensación última, se hacía innecesaria loa mezcla en la paleta, y bastaba, para el fin propuesto, su yuxtaposición, observando las leyes de complementariedad y contraste.

En consecuencia, los impresionistas compusieron una paleta de colores puros, desterrando los tonos oscuros, neutros y grises que no aparecen en el espectro solar, con lo que el resultado es una pintura luminosa, de tonalidades vivas y claras. El procedimiento tiene, además, una indudable ventaja: la de que, realizándose la mezcla con luz coloreada, el tono resultante es de una limpieza que jamás la puede lograr la mezcla física de los pigmentos.

Como todo este maravilloso mundo coloreado, para hacerse visible, requería la colaboración de la luz libre, los impresionistas se dedicaron, sobre todo, al paisaje, dando origen a la pintura llamada plenairista o al aire libre.

 

Aunque como ya se ha advertido, hay antecedentes en distintas épocas y países, el impresionismo como escuela puede decirse que nació en Francia, cuando un grupo de pintores empezó a interesarse en los problemas de la luz y quiso aplicarlos a sus pinturas, formulando unas reglas que pueden definirse así:

1.     El pintor debe pintar lo que ve, la sensación que reciben sus ojos, aunque sepa que las cosas son de otra manera a como las percibe. Es la impresión visual lo que hay que transmitir.

2.     Las cosas no tienen color propio, sino que es la luz la que lo engendra y presenta como una apariencia real.

3.     Por tanto la luz, las condiciones con que se produce, influirán decisivamente en el aspecto sensible de las cosas. La atmósfera, el día, la estación, etc. cambian los colores, de tal modo que las cosas no son iguales a sí mismas en ningún momento.

4.     Los colores, modulados y desdoblados en matices y tonos más claros o más oscuros, sirven para sugerir la forma de los objetivos y la distancia. La línea, el contorno cerrado y bien perfilado, no tienen sentido para los impresionistas.

5.     En la naturaleza no existe el negro, por lo que las sombras más oscuras tendrán cierto grado de claridad, proveniente de los reflejos de las cosas circundantes y del aire atmosférico que las envuelve. El efecto general será, pues, de gran claridad.

6.     Por virtud de las leyes de complementariedad, las partes no iluminadas directamente tendrán tonalidades violetas. Los efectos luminosos, por lo tanto, se basarán en el contraste binario: amarillo-morado.

7.     Para lograr la limpia intensidad de la luz real, los colores no se mezclan en la paleta, sino que se aplican separadamente buscando el tono adecuado por medio de la combinación óptica. De aquí que los impresionistas trabajasen con una serie de colores limitada a los del espectro solar, o sea, rojos, amarillos, violetas, azules y, en menos proporción, el blanco.

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